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Bajo el cielo de Colombia (VII)

Después de poder entrevistarme con María Dolores, directora regional de la unidad de víctimas de los desplazados, me trasmite que se continúa trabajando intensamente con ACNUR en soluciones de  reubicación  de las comunidades indígenas, como es el caso de los Embera Chami, contándonos que todavía hay procesos en marcha para poder conseguir más éxitos.

Me traslado de nuevo a visitar a mis amigos, hace un día lluvioso y caluroso pero esto es lo normal aquí en la estación en la que estamos. Gustavo Torres me comenta que estamos en la estación más húmeda por lo que es muy normal que llueva con todas las ganas y poco después salga el sol. Al llegar me conduce a una de las escuelas que cuenta con quince niños; su maestro me transmite la impotencia que siente por no poder tener ni una pequeña biblioteca, ni cuadernos ni lapiceros para todos, casi siempre tiene que partirlos en dos otros piezas para que todos puedan aprender a escribir o pintar. Acabo pensando: ¿cuántos lapiceros o pinturas o cuadernos desechamos en mi país?

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Me dirijo a la segunda escuela, ésta con niños de mayor edad, de doce a catorce años. La profesora me cuenta que ni siquiera tienen un aula para poder impartir las clases o refugiarse del calor aplastante que hace muchos días, por eso llegan a las siete de la mañana y hacia la una regresan caminando hacia sus casas. Las clases se realizan en la parte trasera, en un patio con un tendejón  de esterillas y palos, la profesora me cuenta la escasez de medios para poder avanzar con la formación de los alumnos que hoy se encuentran realizando tarea de pintura.

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Mi nombre empieza a sonar en el aula de los más pequeños, todos se lo saben, ese forastero diferente que ayer les llevó caramelos y que hoy, inevitablemente, también. Todos se acercan para recibir más caramelos, sus ojos de alegría y felicidad es el mejor recuerdo que uno se puede llevar dentro sí mismo.

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El gobernador de los Embera Chami, Norberto Dovigama, me da la bienvenida y nos ponemos a charlar de los avances obtenidos y de los retos que quedan por delante. Quizás su entrega por su comunidad, como él me comenta después de más de quince años dirigiendo a su pueblo, sea para él el mejor regalo que Dios le ha ofrecido.

Nos acercamos al “Tambo” como centro de reunión y pensamiento.

Me dirijo al encuentro de Ovidio Aisama, representante de los artesanos, con cuatro hijos: dos adultos y dos pequeños. Trabaja para poder desarrollar una asociación donde toda la artesanía que puedan hacer tenga salida comercialmente tanto en los mercados nacionales como internacionales. Me reitera varias veces que el territorio es nuestra madre, ella cuida de nosotros y, por eso, debemos cuidar de ella para seguir existiendo.

 

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